Por Rafael Nieto Loaiza
Para los niños los años son eternos. En la medida en que nos ponemos viejos el tiempo pasa más rápido. Sin que apenas nos demos cuenta, se fue un año y nos recibe otro nuevo. El 2011 llega cargado de retos.
El primero, no sobra insistir, es redefinir el plan de desarrollo. La debacle invernal que aun no amaina ha traído aparejadas una catástrofe humanitaria y un colapso en la infraestructura que obliga a concentrarse en la soluciones de corto y mediano plazo y a dejar de lado las prioridades de campaña. Nada hay hoy más urgente que resolver la tragedia de centenares de miles de campesinos que han perdido desde su sustento hasta su vivienda. La atención de la emergencia debe ser eficaz y prolongarse en el tiempo mientras que dure el invierno. Después hay que reconstruir, ojalá con visión de largo aliento, las decenas de carreteras arrasadas por el diluvio y las avalanchas. Como si no fuera tarea suficiente, es fundamental el desarrollo de proyectos que, por un lado, reubiquen a las familias que ya no podrán volver a sus antiguas localidades y, por el otro, permitan la recuperación de aquellas que quedaron destruidas por las aguas. Y hay que dar respuesta a la crisis agropecuaria que ha generado el deslave a lo largo y ancho de la geografía nacional. Finalmente, todo hay que hacerlo de manera que se protejan los recursos, públicos y donados, de las manos voraces de los corruptos de todos los pelambres. La tragedia nunca ha sido obstáculo para las fauces insaciables de los bandidos.
Mantener la línea de la seguridad democrática es otro gran reto. Capturar o dar de baja a Cano sería el paso decisivo para sentar a la mesa a las Farc, en especial si es cierto que, como dicen, Chávez estaría cerrando su territorio a la presencia guerrillera. En el alto Gobierno sostienen que el Teniente Coronel le ha pedido a la guerrilla que abandone Venezuela. Me cuesta creerlo y aun no hay evidencia de ello pero, si fuera cierto, sin la retaguardia y el apoyo venezolano la neutralización del jefe del Secretariado podría ser el golpe que por fin obligara a las Farc a una negociación seria. El Eln vendría por contera. Echarle lazo al Loco Barrera y a Calle, los dos grandes capos que sobreviven, sería definitivo en la lucha contra los narcos y las bandas criminales. Y hay que concentrarse en responder a los nuevos retos de la seguridad urbana.
El tercer desafío está en mantener el acuerdo de unidad nacional que ha dado buenos frutos legislativos. No es sencillo. El partido Liberal, un sector de Cambio Radical y una caterva de columnistas están en la tarea de enemistar a como de lugar a Santos y a Uribe. Algunos uribistas, con mal cálculo, les hacen el juego. Un enfrentamiento no sólo no conviene a ninguno de los dos, sino que le haría mucho daño al país. Además, hay diferencias ideológicas importantes entre aquellos y, por el otro lado, los conservadores y el partido de la U. Y hay una lucha, soterrada pero no por ello menos cierta, por la burocracia regional. Santos camina por el filo y resbalarse será sencillísimo cuando la luna de miel se acabe.
Por ultimo, el Gobierno debe darse a la tarea de conseguir, por fin, la aprobación del TLC. El “nuevo mejor amigo” será un problema, pero no debería ser un obstáculo. Excepto que, claro, los gringos sientan que los cambiamos y ahora preferimos al autócrata Teniente Coronel.
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sábado, 8 de enero de 2011
jueves, 28 de octubre de 2010
La Plaga
Por Rafael Nieto Loaiza
Tres pestes, la violencia, el narcotráfico y la corrupción, y un problema estructural, el desempleo, han azotado a este país nuestro. La violencia y el narcotráfico, siameses como son, mucho han remitido en la última década. Hay que agradecerlo a la reforma del Ejército del general Mora, al Plan Colombia y a la política de seguridad democrática.
Pero poco, muy poco, se ha hecho contra el desempleo, que es de dos dígitos aun en tiempos de crecimiento acelerado. Y nada, absolutamente nada, contra la corrupción. Y ahí va la plaga, siempre presente, siempre al acecho, mimetizándose de acuerdo con las circunstancias y los escenarios. Y no disminuye, aun cuando se avance en el combate de algunos de sus factores de propagación.
La presencia de grupos armados ilegales es uno de ellos. Podría pensarse que el debilitamiento de su fuerza y su cobertura territorial se traduciría en una reducción sustantiva de la corrupción en las áreas liberadas. La lógica señala que si baja la capacidad de cooptar y amedrentar a las autoridades locales, si afloja la presión para desviar recursos, debería disminuir la corrupción. Pero la realidad es tozuda: no es lo que ha sucedido. Los datos muestran que en muchos de los municipios que fueron objeto de la intimidación de la guerrilla y los paramilitares, y que hoy no lo son, la corrupción sigue rampante. ¿El motivo? Una vez que son rotas las barreras éticas que contienen la conducta del ciudadano y lo invitan a respetar la ley y el erario público, es muy difícil recomponer su comportamiento. La desaparición de la presión externa que rompe el dique no se traduce en que las aguas vuelvan a la represa. Lo mismo ocurre con el narcotráfico. Su influencia corruptora genera una cultura de ilegalidad que va más allá del narcotráfico mismo.
Ahora bien, la corrupción no necesita de actores violentos para nacer y expandirse. Lo que ocurre con Bogotá, donde guerrilla y paras nunca fueron un factor determinante de poder, muestra que la plaga es feroz. Y que aparece a la menor oportunidad. Hay que ver lo que sucede hoy en la capital, después de las administraciones transformadoras de Peñalosa y Mockus y cuando se creía que el salto a la modernidad y a una nueva cultura ciudadana no tenían reversa. Las acusaciones de estos días muestran una trama de política y corrupción escandalosa que involucraría al hermano del alcalde Moreno y a altos funcionarios de su administración. Las cabezas de los organismos de control están seriamente cuestionadas y no tienen credibilidad alguna. El Personero, indígena y ex constituyente, está investigado por recibir recursos de la infame DMG. El Contralor liberal está acusado de hacer parte de la trama y es objeto de vergonzosas conversaciones entre senadores y contratistas. Y el control político en el Concejo es inexistente porque de la coalición de gobierno hacen parte casi todos los partidos, incluyendo aquellos que se enfrentan en el Congreso de la República. La política siempre es local y dinámica, dirán algunos, y eso explica que aunque en lo nacional el Polo y la U se saquen los ojos, en Bogotá hayan estado cogiditos de la mano. Y los verdes, que deberían capitalizar la situación para promover su discurso de moralización, están mudos porque temen que algo salpique a la administración de Lucho Garzón, elegido alcalde amarillo y hoy feliz presidente de la coalición de ex alcaldes. Por eso estamos como estamos.
Tres pestes, la violencia, el narcotráfico y la corrupción, y un problema estructural, el desempleo, han azotado a este país nuestro. La violencia y el narcotráfico, siameses como son, mucho han remitido en la última década. Hay que agradecerlo a la reforma del Ejército del general Mora, al Plan Colombia y a la política de seguridad democrática.
Pero poco, muy poco, se ha hecho contra el desempleo, que es de dos dígitos aun en tiempos de crecimiento acelerado. Y nada, absolutamente nada, contra la corrupción. Y ahí va la plaga, siempre presente, siempre al acecho, mimetizándose de acuerdo con las circunstancias y los escenarios. Y no disminuye, aun cuando se avance en el combate de algunos de sus factores de propagación.
La presencia de grupos armados ilegales es uno de ellos. Podría pensarse que el debilitamiento de su fuerza y su cobertura territorial se traduciría en una reducción sustantiva de la corrupción en las áreas liberadas. La lógica señala que si baja la capacidad de cooptar y amedrentar a las autoridades locales, si afloja la presión para desviar recursos, debería disminuir la corrupción. Pero la realidad es tozuda: no es lo que ha sucedido. Los datos muestran que en muchos de los municipios que fueron objeto de la intimidación de la guerrilla y los paramilitares, y que hoy no lo son, la corrupción sigue rampante. ¿El motivo? Una vez que son rotas las barreras éticas que contienen la conducta del ciudadano y lo invitan a respetar la ley y el erario público, es muy difícil recomponer su comportamiento. La desaparición de la presión externa que rompe el dique no se traduce en que las aguas vuelvan a la represa. Lo mismo ocurre con el narcotráfico. Su influencia corruptora genera una cultura de ilegalidad que va más allá del narcotráfico mismo.
Ahora bien, la corrupción no necesita de actores violentos para nacer y expandirse. Lo que ocurre con Bogotá, donde guerrilla y paras nunca fueron un factor determinante de poder, muestra que la plaga es feroz. Y que aparece a la menor oportunidad. Hay que ver lo que sucede hoy en la capital, después de las administraciones transformadoras de Peñalosa y Mockus y cuando se creía que el salto a la modernidad y a una nueva cultura ciudadana no tenían reversa. Las acusaciones de estos días muestran una trama de política y corrupción escandalosa que involucraría al hermano del alcalde Moreno y a altos funcionarios de su administración. Las cabezas de los organismos de control están seriamente cuestionadas y no tienen credibilidad alguna. El Personero, indígena y ex constituyente, está investigado por recibir recursos de la infame DMG. El Contralor liberal está acusado de hacer parte de la trama y es objeto de vergonzosas conversaciones entre senadores y contratistas. Y el control político en el Concejo es inexistente porque de la coalición de gobierno hacen parte casi todos los partidos, incluyendo aquellos que se enfrentan en el Congreso de la República. La política siempre es local y dinámica, dirán algunos, y eso explica que aunque en lo nacional el Polo y la U se saquen los ojos, en Bogotá hayan estado cogiditos de la mano. Y los verdes, que deberían capitalizar la situación para promover su discurso de moralización, están mudos porque temen que algo salpique a la administración de Lucho Garzón, elegido alcalde amarillo y hoy feliz presidente de la coalición de ex alcaldes. Por eso estamos como estamos.
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