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domingo, 22 de agosto de 2010

SIN SOLUCIÓN BUENA

Por Rafael Nieto Loaiza

A estas alturas es difícil sorprenderse con los fallos de nuestros jueces. Nos tienen acostumbrados a que, más allá de impartir justicia, crean normas constitucionales y legislan, ordenan el gasto público, dan instrucciones de gobierno al ejecutivo de turno, dicen y desdicen de lo que ordenan otros jueces y tribunales. Es un irresponsable el abogado que diga a su cliente, con base en los antecedentes y la jurisprudencia, cómo debería venir el contenido de una sentencia sobre cuestiones similares. La reina del juego judicial es la inseguridad jurídica.



Curados de espantos, no debería sorprender la decisión de la Corte Constitucional sobre el más reciente acuerdo de cooperación militar con los Estados Unidos. Pero hay características que ameritan ser resaltadas. Positivo es que no cuestione la validez internacional del Acuerdo. Una posición prudente que reconoce que no es el derecho interno lo que define la validez de un tratado sino que éste se celebre de conformidad con el derecho internacional público. Por otro lado, la Corte sostiene que el Acuerdo no produce efectos internos. Como resultado, el Acuerdo quedó en la misma situación del tratado de extradición: está vivo, es obligatorio a la luz del derecho internacional, pero el gobierno colombiano no lo puede aplicar.



Además, la Corte no se pronuncia sobre asuntos de fondo. No dice que el contenido del Acuerdo sea contrario a la Constitución. Se limita a sostener que debe ser objeto de presentación ante el Congreso. El resultado es que si el Gobierno lo presenta y el Legislativo lo aprueba, el Acuerdo podría ser objeto de nuevas demandas y la Corte podría decidir que una o varias de sus cláusulas son inconstitucionales, obligando así al Gobierno a no aplicarlas o a renegociarlas con los EE.UU.



La Corte sostiene que el Acuerdo debe pasar por el Congreso porque, dice, tiene elementos nuevos que no están en tratados internacionales previos. Pero como tiene la maña de no redactar las sentencias sino varios meses después de tomar las decisiones, no hay manera de saber cuáles son esos elementos. Sin conocerlos, el Gobierno no puede renegociarlo para, por ejemplo, eliminarlos y poner en ejecución inmediata todo lo demás sin tener que ir al Congreso, o modificarlos para reducir riesgos de “inconstitucionalidad de fondo” en un examen posterior.



Y tiene consecuencias internacionales dificilísimas. Por un lado, la cooperación gringa es indispensable: EE.UU. es el único cooperante real que y de peso den la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Los demás sólo nos dan, como mucho, palmaditas en la espalda. Después, el Acuerdo, aunque nadie lo dijera, era un elemento de disuasión que no nos costaba ni un peso: el Teniente Coronel no podría correr el riesgos de afectar equipos y personal norteamericano en bases colombianas sin meterse en un lío fenomenal. Esas bases quedaban protegidas.



Finalmente, si la Corte dejaba intacto el Acuerdo, Santos podía decir que estaba obligado a aplicarlo. Si la Corte lo declaraba inconstitucional, Santos alegaría su imposibilidad de ejecutarlo. En la situación actual puede o dejarlo al lado y correr el costo de abrir una grave fisura en la cooperación norteamericana, o presentarlo al Congreso, desairar a Chávez y darle una nueva excusa. La Corte deja a Santos en el peor de los mundos y sin solución buena.

martes, 2 de marzo de 2010

La fiesta de los enanos

Por Rafael Nieto Loaiza



Si el presidente Uribe hubiese declinado a tiempo su intención de aspirar a un tercer período, andaría con su popularidad por los cielos y tendría una inmensa capacidad de maniobra política, muchísimo mayor que la que tiene hoy.



Pero le calentaron los oídos y se dejó tentar. Con impredecibles consecuencias, por cierto, para la continuidad de su proyecto político. Si Uribe no hubiera albergado la esperanza de repetir, podría haberse concentrado en construir un movimiento sólido y coherente que aglutinara a todo el uribismo y garantizara la continuidad de sus políticas.



Ahora, en cambio no hay seguridad de que sea un uribista quien suceda al Presidente. La aspiración presidencial reventó la coalición de gobierno. Vargas Lleras se apartó de ella en búsqueda de su propia candidatura. Y un sector del conservatismo, con Pastrana a la cabeza, decidió enfrentar a Uribe.



Sin el Presidente en la papeleta, el partidor quedó abierto y hay oportunidades para casi todos los aspirantes. Y para las coaliciones. Ninguno tiene, ni de lejos, fuerza suficiente para ganar en primera vuelta en mayo, de manera que todos necesitarán alianzas para triunfar en junio.



Será clave verificar si la división política actual es de carácter personal o si es ideológica. Si giraba en torno del Presidente, el retiro de Uribe significaría barajar y repartir de nuevo, con la posibilidad de alianzas entre, por ejemplo, el liberalismo y el partido de la U. Y, si el origen partidista retoma fuerzas, Cambio Radical.



Pero si es ideológica, como creo, habrá una tendencia natural a mantener las líneas divisorias actuales. El liberalismo, que desde Samper ha decidido jugarse a la centro izquierda, encontraría afinidades con Petro, el partido Verde y, sospecho, con Fajardo, quien más temprano que tarde tendrá que empezar a asumir posiciones. Desde el centro a la derecha, el conservatismo y la U jugarían juntos. Y con ellos, Vargas Lleras, si logra superar los celos y antipatías que tiene con Juan Manuel Santos.



En este caso, es definitivo lo que ocurra en la consulta conservadora. Arias ha dicho de manera inequívoca que está dispuesto a jugar con la U. Pero Noemí ha hecho mutis. Por eso es probable que uribistas no conservadores apoyen a Arias en la consulta. Por lo mismo, muchos en la oposición estarán dispuestos a votar por Noemí, en la convicción de que su triunfo en la consulta enreda a la actual coalición de gobierno. Esa estrategia puede serle inicialmente útil a Noemí, en especial porque Arias, que tiene mayor fuerza parlamentaria, ha sufrido un enorme desgaste de opinión por cuenta del escándalo de Agro Ingreso Seguro.



Pero Noemí se equivocaría de plano si cree que los sufragios de la consulta permanecerán para la primera vuelta. Ahí todos votarán por los candidatos más cercanos a sus afectos y a sus convicciones. Y Noemí necesitará hacer explícita su intención de buscar una alianza con Santos, si quiere que los votos de conservatismo uribista se inclinen por ella y no por Juan Manuel. Peor: si Noemí deja abierta la puerta para una alianza con la oposición, el conservatismo se fracturará. No tengo duda alguna de que un sector mayoritario del conservatismo, el mismo que votó por Uribe en el 2002 y en el 2006, dejaría el partido y terminaría en las huestes juanmanuelistas.



En fin, es un nuevo juego. Ido Gulliver, hacen fiesta los enanos.